
Total y brutalmente humanos
Total y brutalmente humanos: cuando la forma tiene más impacto que la intención. Ver la intención, cuidar la forma y sostener la relación.
Cada inicio de año inaugura un nuevo ciclo.
Y con él, una avalancha de conversaciones cargadas de felicitaciones.
Hablamos de felicidad, prosperidad y abundancia.
Llenamos el corazón de deseos y de la esperanza de que cada uno de ellos se cumpla.
Con el tiempo y con la experiencia, muchos hemos notado que estos buenos deseos no siempre ocurren.
O, al menos, no de la forma en que los imaginamos.
Y entonces queda algo.
Un “huequito en el corazón”.
¿Habrá alguna forma de cambiar esto?
¿Habrá alguna manera de transformar nuestras buenas intenciones en experiencias reales que podamos disfrutar?
Desde Visión Sistémica, la distinción no está en desear más o mejor,
sino en aprender a construir las condiciones que hacen posible que aquello que deseamos pueda ocurrir y sostenerse en el tiempo.
Muchos creemos que sabemos lo que queremos.
Sin embargo, cuando lo observamos con más cuidado, descubrimos que muchas veces solo sabemos lo que no queremos, o formulamos deseos tan generales que resultan imposibles de construir.
Un primer paso clave es poder responder a esta pregunta:
¿Cómo sabré que eso que deseo ya se hizo realidad?
Dicho de otro modo,
¿Qué sería diferente en la vida cotidiana una vez alcanzado?
Si no puedes responderlo, es posible que el deseo ya esté ocurriendo parcialmente y no puedas reconocerlo,
o que no exista aún una referencia clara para construirlo.
“Quiero tener una mejor mamá” parece un deseo claro… No lo es.
No hasta que puedas decir qué haría tu mamá diferente a lo que hace hoy.
Por ejemplo:
reconocer mis logros
preguntarme más y juzgar menos
tener una charla una hora a la semana
Aquí aparece una distinción importante:
no negociamos sobre deseos, sino sobre beneficios esperados.
Cuando esa diferencia no está clara, cada persona puede interpretar el deseo desde su propia lógica.
En este ejemplo, la mamá podría creer que ser “mejor mamá” es estar más pendiente de los errores para ayudar a corregirlos,
mientras que para la hija eso podría significar exactamente lo contrario de lo que necesita.
Orientarnos al qué antes que al cómo
Otra confusión frecuente es mezclar el deseo con la forma en que creemos que se logrará.
Es decir, confundir el qué con el cómo.
Muchas veces comenzamos a actuar sin tener claridad sobre el resultado que queremos vivir.
Accionar sin esa claridad no orienta el movimiento; solo lo multiplica.
En muchas ocasiones, cuando nos preguntan qué queremos, solemos responder desde lo que no queremos.
“Ya no quiero este trabajo”.
Eliminar lo que no queremos no equivale a construir lo que sí queremos.
Cada vez que eliminamos algo, se crea espacio para algo nuevo.
Si no sabemos con claridad qué “nuevo” ocupará ese vacío, es muy probable que volvamos a lo conocido que lo llenaba antes.
¿Qué querrías hacer cuando el viejo trabajo ya no esté?
¿Otro trabajo? ¿Un emprendimiento? ¿Un periodo de pausa?
Cuanta más claridad tengas sobre el resultado que deseas vivir,
más posibilidades tendrás de orientar acciones y conversaciones de forma coherente.
Los sustantivos genéricos son muy lindos: compromiso, atención, responsabilidad, involucramiento.
Y al mismo tiempo pueden ser palabras vacías si no se traducen en comportamientos observables.
Acercarnos a la construcción de nuestros deseos a través de acciones
nos acerca muchísimo a la posibilidad de hacerlos reales.
“¿Qué sería diferente en la vida cotidiana si esto ocurriera?”
es una pregunta especialmente útil, porque suelen aparecer respuestas observables, negociables y acordables:
entregar los reportes el día acordado
llegar cinco minutos antes a las juntas
avisar con anticipación cuando algo no podrá cumplirse
En Teoría Blumenstein, tener claridad sobre el resultado que queremos vivir,
sin confundirlo con el problema ni con la solución, marca una diferencia fundamental.
Es el primer paso para abrir un espacio donde algo nuevo pueda ser construido con otros.
Cuando preguntamos quién hace posible que un deseo ocurra,
la respuesta más común es: “yo”.
Desde una mirada sistémica, esa respuesta suele quedarse un poco corta.
Los resultados que queremos no dependen de una sola persona,
sino del modo en que organizamos al sistema completo para producirlo.
Las personas no pertenecemos a los sistemas sociales.
Los sistemas sociales se crean, se construyen, en la interacción entre personas.
Volvamos al ejemplo del reporte:
¿Quién genera la información?
¿Quién la valida?
¿Quién la recibe y la utiliza?
¿Quién depende de ese resultado para hacer su trabajo?
¿Quién puede facilitar, retrasar o interferir en el proceso?
Cuando reducimos la situación a uno o dos actores, perdemos de vista el proceso.
Y cuando no vemos el proceso, solemos quedarnos sin el resultado, incluso con esfuerzo y buena intención.
Ampliar la mirada no es complicar las cosas.
Es reconocer todas las contribuciones necesarias para que aquello que deseamos pueda ocurrir y sostenerse en el tiempo.
Aquí aparece una de las confusiones más extendidas:
creer que por desear ya estamos construyendo.
Muchas conversaciones están llenas de buenas intenciones, conceptos inspiradores y acuerdos implícitos,
con muy pocos resultados concretos.
Con el tiempo, eso desgasta relaciones y erosiona la confianza.
Durante mucho tiempo operamos bajo la idea de que
“si nos comunicamos, nos entendemos”.
La experiencia muestra otra cosa.
Como decía Michael Blumenstein,
no estamos diseñados para comunicarnos, estamos diseñados para construir.
Y construir no es un acto individual.
Es un acto en colectivo.
Después de clarificar el resultado y reconocer a todos los involucrados, aparece la pregunta clave:
¿Qué acciones necesitamos realizar juntos para que esto ocurra?
En la práctica, es común ver juntas donde se reparten tareas y, aun así, el problema se repite.
Una alternativa es detener la conversación y preguntar algo distinto:
¿Qué necesitamos mirar, acordar o medir para que este resultado pueda producirse de otra manera?
Una forma simple y poderosa de abrir ese campo es hablar de las acciones en infinitivo:
mirar
decir
escuchar
medir
acordar
planear
¿Por qué en infinitivo?
Porque no personaliza, no acusa, no excluye.
No comienza con “tú deberías” o “yo me encargo”,
sino que invita a imaginar qué tipo de acción necesita incorporar el sistema para generar el resultado deseado.
Desde ahí, los acuerdos se vuelven posibles
y la acción deja de ser una imposición para convertirse en una construcción compartida.
No siempre es rápido,
pero evita costos mucho mayores después.
Los buenos deseos son maravillosos.
Casi siempre son esperanza al corazón.
Lo que suele faltar es la construcción consciente de las condiciones que los hacen posibles.
Accionar desde nuestra autonomía, reconociendo a los otros, ampliando la mirada y construyendo acuerdos claros,
nos acerca a algo más profundo que cumplir metas.
Nos acerca a eso que, desde Visión Sistémica, llamamos simplemente:
vivir una Buena Vida.

Total y brutalmente humanos: cuando la forma tiene más impacto que la intención. Ver la intención, cuidar la forma y sostener la relación.

Una mirada desde Visión Sistémica sobre cómo crear, con otros, las condiciones que hacen posible una buena vida.
Corta, clara, sin promesa. Funciona bien en buscadores y como umbral conceptual.

Los Reyes Magos no son solo para la infancia. Tres regalos esenciales para la vida adulta y un cuarto que construimos juntos: redes que sostienen.

Descubre cómo la Teoría Blumenstein propone una forma distinta de entendernos: una invitación a construir juntos sentido, acción y resultados, fortaleciendo nuestra autonomía a través de lo social.