Juntos
Construimos

Juntos Construimos

Cuando las etiquetas nos separan

Cuando etiquetamos no hablamos del otro, hablamos de nosotros.

“Claro, es que tú eres de derecha”.

Hace algún tiempo tenía una conversación con una persona a quien consideraba un buen amigo y a quien le tengo un especial cariño. Hablábamos de la elección de una mujer como presidenta de un país.

 

Él mencionaba que era un logro para el feminismo.
Yo compartía que celebrar el género sin la capacidad me parecía una forma de machismo velado.

 

Después de algunos intercambios que, desde mi perspectiva, buscaban compartir miradas más que llegar a un acuerdo, recibí como cierre de la conversación un:
“lo que pasa es que tú eres de derecha”.

 

Ese comentario me cayó como un balde de agua fría. No por la etiqueta en sí, sino por lo que hizo con la conversación.

 

No me había dado cuenta hasta hoy de que no he vuelto a hablar con él. No he tenido el impulso de escribirle, y creo que tiene que ver con la poca atracción que me genera conversar con alguien que, ante una diferencia de mirada, elige etiquetarme.

 

Cuando etiquetamos, congelamos

Esta semana observaba en distintas interacciones cómo las relaciones entre personas se ven impactadas por las etiquetas.

 

Alguien es “flojo”, “tonto”, “inteligente”, “amoroso”. Y no importa si la etiqueta parece un reconocimiento o una crítica: el riesgo es el mismo.
La etiqueta congela a la persona a nuestros ojos.

 

Cuando considero que alguien es “flojo”, voy a filtrar todos sus comportamientos a través de esa etiqueta. Cualquier decisión o acción quedará sesgada por la imagen que ya construí.

 

Esto también sucede con las “etiquetas lindas”. Cuando considero que alguien “es maravilloso” y olvido que soy yo quien asignó esa etiqueta, corro el riesgo de aceptar comportamientos que no necesariamente me nutren. No porque no estén ahí, sino porque ya no los puedo ver.

 

Las etiquetas como simplificación de la complejidad

Las etiquetas son una forma de simplificar la complejidad.

 

Asociamos un conjunto de comportamientos y los integramos bajo un mismo paraguas. Ese paraguas es la etiqueta.

 

Si considero que una persona que abraza, llama periódicamente y escribe para saber cómo estoy es “amable”, con el tiempo dejo de observar los comportamientos y me centro en la etiqueta.

 

Es un proceso muy útil para facilitar el día a día. El problema es que solemos olvidar cómo lo construimos. Olvidamos que la base fueron comportamientos observables.

 

Entonces los comportamientos pueden cambiar, y la etiqueta permanece grabada. Y revisarla puede tomar mucho tiempo, especialmente si nada ocurre que nos afecte directamente.

 

Así, podemos pensar que alguien es “súper buena persona” incluso cuando otros compañeros se han quejado de su trato. Y no solo eso: podemos defender esa etiqueta sin conocer —o querer ver— sus comportamientos con otros.

 

¿Son útiles las etiquetas?

Sí. Simplifican la complejidad.

 

En el mundo moderno, muchos modelos de evaluación y desempeño están basados en etiquetas combinadas con estadística: Belbin, DISC, MBTI, TetraMap, Eneagrama, entre otros.

 

Son herramientas útiles. El riesgo aparece cuando olvidamos que describen conjuntos de comportamientos en ciertos contextos, no identidades.

 

Cuando decimos:

“Me gusta mucho tu estilo dominante”,

 

en lugar de:

“Me gustó la claridad con la que presentaste hoy en la junta”,

corremos el riesgo de justificar futuras conductas solo para mantener coherente la etiqueta, incluso cuando el comportamiento ya no está ahí.

 

No estoy diciendo que estos modelos estén mal. Estoy diciendo que el riesgo es olvidar que solo son una forma de nombrar comportamientos.

 

Las etiquetas no hablan del otro, hablan de nuestras expectativas

La etiqueta no habla del otro. Habla de la construcción interna que yo hago a partir de lo que observo.

 

Cada vez que etiqueto a alguien, estoy mostrando mi marco de referencia: lo que yo entiendo por “amable”, “responsable”, “flojo”, “de derecha”, “de izquierda”.

 

Cuando digo que alguien “es de derecha”, no estoy describiendo a esa persona. Estoy hablando de cómo interpreto sus contribuciones desde mi propio marco interno sobre lo que esa etiqueta significa.

 

¿Qué podemos hacer en un mundo plagado de etiquetas?

No creo que podamos dejar de usarlas fácilmente. Cambiar eso implicaría generaciones y un esfuerzo sostenido.

 

Lo que sí creo posible es acordar etiquetas con comportamientos.

 

En lugar de decirle “flojo” a tu hijo adolescente, puedes decir:

“Me gustaría que pongas la ropa en el bote de lavandería”.

 

En lugar de decirle a tu colaborador “necesito tu compromiso”, puedes decir:

“Quisiera que los proyectos se entreguen al menos 15 minutos antes de la hora acordada con el cliente”.

 

En lugar de decirle a tu pareja “eres linda”, puedes decir:

“Me encanta la forma en que me sonríes”.

 

Cuando usamos menos “eres” y más referencias a comportamientos concretos, dejamos espacio para el cambio.
Y quizá así, juntos, logremos más de lo que buscamos que a través de la etiqueta.

 

Para cerrar

Desde Teoría Blumenstein no hay un marco de valor para analizar las situaciones.

 

El análisis sistémico es funcional:
¿es útil para lo que queremos lograr?,
¿contribuye a eso que me gustaría construir?

 

Si la respuesta es sí, parece ser una contribución adecuada.
Si la respuesta es no, parece requerir ajustes.

 

En el marco de las etiquetas, habrá momentos en que sean útiles y funcionales. Lo importante es recordar que, cuando dejan de serlo, quizá sea útil volver a mirar cómo las creamos y actualizarlas.

Si este texto resuena contigo y te gustaría explorar cómo llevarlo a tu vida, a tu equipo o a tu organización, conversemos.

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