
Total y brutalmente humanos
Total y brutalmente humanos: cuando la forma tiene más impacto que la intención. Ver la intención, cuidar la forma y sostener la relación.
Hay momentos en que el amor desborda.
No como ternura suave, sino como angustia, preocupación, miedo a perder, urgencia por cuidar.
Momentos en que queremos ayudar tanto que las palabras salen pesadas, cargadas, atropelladas.
Y, sin querer, lo que nace como cuidado puede llegar como presión.
Lo que nace como amor puede doler.
No por mala intención.
Sino por humanidad.
Esta semana necesitaba escribir un mensaje.
Toda yo estaba involucrada en ese mensaje: mi cariño, mi preocupación, mi deseo de ayudar, mi impulso de proteger lo que amo.
Y aunque mi intención suele ser abrir conversaciones sin herir, sin invadir, sin juzgar -cuidando la dignidad de todos- cuando estoy tan involucrada mis formas tienden a salir como todo lo contrario.
Aun cuando lo que quiero es tender puentes, lo que llega no siempre invita.
Creo que esto nos pasa a la mayoría, al menos alguna vez.
Especialmente cuando algo nos importa mucho y nos toca el desamparo.
Queremos hablar desde el amor, sin herir, y al mismo tiempo estamos desbordados.
La presencia se transforma en demanda.
La comprensión en juicio.
La observación en explicaciones que enturbian.
La paradoja es que, buscando algo totalmente distinto desde el amor, terminamos construyendo lo mismo… también desde el amor.
Cuando estamos demasiado conmovidos, solemos diagnosticar, enjuiciar, exigir.
Como decía Michael Blumenstein: “meternos y aplastar los tomates del otro”.
La intención es amorosa.
La forma, todavía, no sabe cómo sostener ese amor sin aplastarlo.
Con Teoría Blumenstein aprendí que cuando me siento en desamparo, eso habla de mí, no del otro.
Y que si quiero construir, necesito hacer una contribución que invite.
Por eso hoy reviso mis textos varias veces antes de enviarlos.
Casi nunca queda la primera versión.
Los ojos externos son un regalo, siempre que no vengan cargados de:
— “Eso está mal.”
— “Eso no se dice así.”
— “Eso es demasiado.”
Lo que se necesita es alguien que pueda:
Ver la buena intención.
Y, al mismo tiempo, ayudar a ajustar la forma.
No para “mejorar” el texto.
Sino para cuidar la relación.
Ajustar sin desautorizar la emoción.
Nombrar el desborde sin convertirlo en error.
Ordenar el lenguaje sin invalidar la angustia.
Eso es co-regulación.
Eso es ética relacional en acción.
No solo importa lo que decimos.
Importa cómo llega.
Qué lugar abre en el otro.
Si invita a acercarse o a defenderse.
En procesos humanos profundos,
la forma puede tener más impacto que la intención.
Y cuando eso ocurre, no estamos frente a un fallo personal,
sino frente a una condición estructural:
No estamos diseñados para comunicarnos,
sí para construir juntos.
Y aprender a construir es un proceso:
de dos, de experiencia, de ensayo, de ajuste,
mientras vivimos, amamos, tememos y perdemos.
Podemos ser torpes cuando amamos mucho.
Imprecisos cuando tenemos miedo.
Desbordados cuando algo nos importa de verdad.
Eso no nos hace fallidos.
Nos hace humanos.
La Teoría Blumenstein, como ética relacional viva,
no busca que dejemos de sentir,
sino que aprendamos a cuidarnos cuando sentimos.
No busca perfección comunicacional,
sino dignidad en el trato.
No busca que no nos equivoquemos,
sino que podamos ajustar sin romper el vínculo.
Ver la intención.
Cuidar la forma.
Sostener la relación.
Ese es el arte.
Si alguna vez tu amor salió torpe,
tu cuidado sonó a presión,
tu intención fue buena y la forma tuvo más impacto del que querías…
No estás solo.
No estás sola.
Somos, todos,
total y brutalmente humanos.
Y seguimos aprendiendo, juntos,
a hablar desde el corazón,
cuidando la forma
y cuidando la relación.

Total y brutalmente humanos: cuando la forma tiene más impacto que la intención. Ver la intención, cuidar la forma y sostener la relación.

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