Juntos
Construimos

Juntos Construimos

Cuando el poder nace del desamparo

se construye entre quien se coloca arriba y quien se coloca abajo.

De comprar calzones

Esta semana conversaba con María de lo complejo que puede ser comprar calzones. Hoy hay tantísimas telas, cortes, marcas y funcionalidades, que elegir algo tan íntimo que va directo al cuerpo se vuelve todo un tema. 


Y más si eres, como yo, una mujer de una generación a la que le enseñaron a tener mucho pudor en estas tiendas, y que no siempre se siente cómoda eligiendo estas prendas frente a otros compradores.


María decía que es una capacidad de la que podemos sentirnos orgullosos, porque implica cuidar de nosotros mismos, y hacía referencia a quienes no la ejercen de esa manera.


Por ejemplo, personas a las que socialmente llamamos “poderosas” —políticos, altos ejecutivos— que no compran sus propios calzones, no porque no los usen o estén impedidos físicamente, sino porque en su forma de organizar la vida han delegado incluso ese cuidado íntimo, sosteniendo que están más llamados a cuidar de otros que de sí mismos. Así que otra persona compra, ordena y deja todo listo en su cajón.


La distinción de María me invitó a reflexionar mucho.

  • ¿Cómo se configura una forma de relación en la que alguien ocupa posiciones de dirigir, decidir, proteger y ordenar la vida de otros, en lugar de la propia?
  • ¿Y cómo se configura, al mismo tiempo, la disposición a seguir, acatar, exponerse, obedecer, esperando que otro cuide de uno en lugar de cuidarse a sí mismo?
  • ¿Y cómo es que a los primeros solemos llamarlos “poderosos” y a los otros no?

Poder

La palabra «poder» viene del latín vulgar potēre, que deriva de posse (ser capaz, tener la facultad). Desde ahí, cuando hablamos de poder, solemos referirnos a la capacidad, la facultad, el tiempo o el lugar para hacer algo.


El poder individual, es decir, la capacidad de hacer algo —como comprar calzones— depende de habilidades, experiencias y conocimientos que permiten desarrollar esa actividad con mayor o menor eficacia.


El poder social es de otra naturaleza.


Desde Teoría Blumenstein, el poder social no es un atributo personal, sino una co-creación. Existe porque, de una u otra forma, lo vamos acordando en nuestras prácticas. De modo que la posición de quien cuida de otros antes que de sí se configura junto con la de quienes eligen que otro cuide de ellos antes que cuidarse a sí mismos.


Así, el poder no está “en” alguien. Se construye entre quien dirige y quien sigue, quien decide y quien acata, quien protege y quien se expone, quien ordena y quien obedece, quien se postula y quien vota.


Históricamente, estos acuerdos de roles sociales pueden leerse como intentos de cuidar y proteger lo colectivo. La distinción de contribuciones dentro del sistema que construimos juntos puede facilitar el cuidado mutuo e incrementar nuestra capacidad frente a la vida.


Prácticamente cualquier movimiento social comienza en la capacidad e intención individual, y se sostiene en la construcción del colectivo. En este proceso podemos encontrar múltiples ejemplos de personas que han construido en lo social con efectos profundamente distintos.


Por ejemplo, Nelson Mandela puso su capacidad de reconciliación al servicio de la unión de un país sin venganza. Adolf Hitler puso su capacidad política e ideológica al servicio del exterminio sistemático de millones.


¿Qué hace la diferencia en cómo se orienta y se construye socialmente ese poder?


Dirigiendo desde el desamparo

Cuando en una relación alguien deja de vivirse en un rol social como contribución horizontal y comienza a colocarse en posición de superioridad, suele aparecer en conexión con experiencias de desamparo frente a la vida, aunque no siempre sea reconocida como tal.


Por paradójico que resulte, esta forma de posicionarse no tiene por qué leerse necesariamente como maldad. Puede entenderse como un intento de sostener una sensación de capacidad que internamente no se vive disponible. En ese intento, lo que se expresa hacia afuera suele estar teñido de miedo, desamparo e impotencia, que a veces se organizan en formas de agresión, devaluación o jerarquía.


En muchos casos, la devaluación del otro parece estar ligada a una vivencia de insuficiencia propia. Elevarse bajando puede funcionar como un intento, generalmente torpe, de sostener la propia dignidad cuando esta no se siente disponible por dentro.


Desde esta mirada, cuando se construye socialmente un poder que no cuida, puede leerse como un intento de regular un desamparo individual a través del control del otro. Y aunque socialmente lo nombremos como “poder”, también puede comprenderse como una forma de desamparo organizado jerárquica y socialmente.


Siguiendo desde el desamparo

Y aquí aparece una pregunta incómoda y necesaria:
¿por qué tantas veces nos “enamoramos” de esa fuerza?


Tal vez porque no sabemos todavía cómo sostenernos juntos desde nuestra propia capacidad, por paradójico que parezca.

Porque no sabemos autorregularnos sin colapsar, ni co-regularnos sin someternos.


Porque cuando el desamparo se vuelve intenso, solemos buscar afuera una figura que nos invite a recordar nuestra suficiencia ante la vida, y al no encontrarla, podemos aferrarnos a cualquier promesa de contención, incluso cuando esa contención llega en forma de control.

De ahí que a veces nos “enamoramos” de quienes parecen fuertes, aunque esa fortaleza pueda estar sostenida por desamparos tan profundos como los propios, o incluso mayores.


Porque estas figuras “fuertes” también pueden estar buscando, en la co-regulación, insumos para su autorregulación. Y cuando no encuentran contribuciones que les inviten a recordar su suficiencia ante la vida, pueden organizarse desde la estrategia “opuesta”: la superioridad en lugar del colapso.


Dos estrategias de desamparo que, al encontrarse, tienden a reforzarse mutuamente, dando lugar a ciclos que suelen terminar en más dolor del que había al comienzo.


Para cerrar

La fortaleza de lo social se teje en lo que cada quien puede sostener desde lo individual, y la fortaleza de lo individual se construye en el campo relacional.


Lo social es ese campo donde aprendemos —o no— a sostenernos con dignidad: a cuidar sin colonizar, a acompañar sin someter, a regular sin dominar.


Cuando eso no se aprende, la falta de autonomía encarnada y la falta de co-regulación disponible suelen vivirse como una amenaza, y desde ahí se organizan muchas de nuestras formas de relación.


Algunas personas se organizan desde la jerarquía, intentando controlar el miedo al colocarse arriba. Otras desde la sumisión, cediendo su poder en la esperanza de que alguien más resuelva su temor.


Entre nosotros estamos haciendo una de dos cosas:
o nos recordamos nuestra suficiencia,
o nos empujamos al más total y completo desamparo.


Aprender lo social, entonces, no es solo aprender reglas.
Es aprender a habitar nuestra vulnerabilidad sin convertirla en poder sobre otros.
Es aprender a cuidarnos sin colocarnos arriba.
Es aprender que la dignidad no se construye dominando, sino sosteniéndose y siendo sostenidos en relación.


Y quizás, al final, el verdadero cuidado del otro empieza por ahí:
por el cuidado de la propia dignidad encarnada,
no desde la fuerza que se impone,
sino desde la regulación que construimos juntos.

 

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En Visión Sistémica exploramos cómo se construye en colectivo desde la autonomía, y cómo la autonomía se fortalece en relación.

Te invitamos a seguir leyendo, conversando y construyendo juntos.

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