
No en todos los sistemas construimos igual
No en todos los sistemas construimos igual.
Pero en todos los sistemas que habitamos dejamos alguna huella.
Y ellos la dejan en nosotros.
En la reflexión de la semana pasada propuse una idea simple:
No observamos sistemas. Los construimos juntos.
Esta semana me gustaría profundizar en esa idea.
Y partir de una pregunta:
¿Sucede de la misma forma en todos los sistemas?
Me parece que no.
Y para explorarla, conviene mirar algunas dimensiones.
La primera tiene que ver con nuestra forma de operar biológicamente.
Esto que Humberto Maturana llamaba autopoiesis: somos seres autónomos en nuestra operación y, al mismo tiempo, estructuralmente vinculados con el entorno.
Desde ahí aparece una primera distinción:
¿Este es un sistema que estoy construyendo?
¿O es un sistema con el que interactúo?
Porque no en todos los sistemas participamos del mismo modo.
No en todos tenemos la misma capacidad de incidir.
No en todos construimos desde el mismo lugar.
Hay sistemas que existían mucho antes de nuestra llegada.
Un bosque.
El clima del planeta.
El océano.
Nuestro propio cuerpo biológico.
No los construimos.
Interactuamos con ellos. Intercambiamos materia, energía, información, condiciones.
Nuestra presencia ya es una forma de interacción.
Altera condiciones.
Modifica equilibrios.
Deja huella.
No participamos en su construcción, pero sí influimos en la forma que toman mientras nos vinculamos con ellos.
De alguna manera, mientras los habitamos.
Hay sistemas que no empezaron con nosotros.
Llegamos a ellos cuando ya estaban en marcha.
Y, aun así, formamos parte de su construcción desde el momento en que contribuimos.
Una familia con historias anteriores.
Una organización con hábitos ya instalados.
Una cultura con reglas que casi nadie recuerda haber creado.
Una ciudad que ya estaba funcionando cuando llegamos.
Cada vez que participamos en estos sistemas, reforzamos algo, debilitamos algo o abrimos algo nuevo.
Hay sistemas que existen casi por completo porque los sostenemos juntos.
El dinero.
Las normas.
Los cargos.
Las instituciones.
Muchos procesos organizacionales.
Si dejáramos de creer, coordinar, repetir y sostener ciertas prácticas, cambiarían profundamente o desaparecerían.
También están los sistemas que hoy evolucionan con nosotros.
La tecnología.
Las redes digitales.
La inteligencia artificial.
Las nuevas formas de trabajo.
No los controlamos del todo.
Pero tampoco son externos a nosotros.
Los vamos moldeando mientras nos moldean.
Y están aquellos sistemas que construimos desde el inicio.
La relación de pareja.
El paternaje o maternaje.
La amistad.
Aquí la construcción es más evidente.
Se forman, se sostienen y se ajustan a través de nuestras contribuciones.
En todos los sistemas en los que participamos, vamos co-construyendo un rol social.
Un rol que no depende solo de lo que queremos construir ni de lo que creemos aportar, sino también de cómo nuestras acciones son recibidas y reconocidas por otros.
Ahí se va afinando qué es funcional al propósito compartido… y qué no.
Estos sistemas existen mientras quienes los construyen quieren seguir haciéndolo.
Cuando una de las partes deja de contribuir, el sistema cambia o deja de existir.
A veces se dice: “el sistema sigue”.
Y puede ser cierto.
Pero no es el mismo sistema.
Es otro.
No mejor, no peor. Diferente.
En algunos casos, como el divorcio, el sistema de pareja se disuelve.
Y aquí aparece una confusión frecuente:
Creer que todos los sistemas entre esas personas desaparecen.
No es así.
Una expareja puede seguir vinculada en otro sistema, como el de paternaje o maternaje.
Cuando se confunden estos sistemas, aparecen tensiones que no corresponden al propósito que se quiere sostener.
Otra forma en que un sistema concluye es cuando cumple su propósito.
Un proceso de aprendizaje.
Un proyecto.
Una etapa.
No hay ruptura.
Simplemente deja de tener sentido seguir construyéndolo.
“El 99% de nuestros problemas se deriva de que confundimos sistemas sociales”.
Esta era una de las frases favoritas de Michael Blumenstein.
Confundir los tipos de sistemas y nuestro rol en ellos suele traer consecuencias.
Creer que podemos controlar la naturaleza como si fuera una empresa.
Pensar que una organización humana es tan inevitable como una montaña.
Tratar una relación como si funcionara con piezas intercambiables.
Imaginar que la tecnología es neutral.
Nada de eso suele salir bien.
Cuando participamos en sistemas, no solo conviene preguntarnos si estamos construyendo.
También conviene preguntarnos:
¿En qué tipo de sistema estoy participando?
¿Conozco y comparto su propósito?
¿Qué responsabilidad me corresponde?
¿Qué necesita ser cuidado más que controlado?
¿Qué puede ser transformado… y qué necesita ser comprendido antes?
¿Cuál es mi rol aquí?
¿Quiero sostenerlo?
No en todos los sistemas construimos igual.
En todos los sistemas que habitamos dejamos alguna huella.
Y, a su vez, ellos la dejan en nosotros.
Puedes escribirnos por WhatsApp o por tu red social preferida, y abrir un espacio para explorar qué podría tomar forma si construimos juntos.
En Visión Sistémica exploramos cómo se construye en colectivo desde la autonomía, y cómo la autonomía se fortalece en relación.
Te invitamos a seguir leyendo, conversando y construyendo juntos.

No en todos los sistemas construimos igual.
Pero en todos los sistemas que habitamos dejamos alguna huella.
Y ellos la dejan en nosotros.

Mientras intentamos entender el sistema, ya estamos participando en él.

Cuando el mundo se vuelve más complejo, no basta pensar más. Hace falta pensar en conexión.

Quizás el problema no es qué necesitamos aprender, sino desde dónde estamos intentando prepararnos.
Una mirada sobre lo que empieza a cambiar en cómo nos preparamos para el futuro.

Sostener la relación requiere claridad, acuerdos y cuidado. Querer, ofrecer contención y ser amables con nosotros y con los demás ayudan a dar base a lo que construimos juntos.

Entre “me hiciste” y “me pasó” hay una tercera posibilidad: mirar qué estamos construyendo juntos.