
El amor entre nosotros
Durante las últimas semanas hemos explorado el amor desde una mirada poco habitual.
No como emoción.
No como ideal.
Sino como acto con propósito.
Hoy cerramos la serie con su tercera dimensión: el amor entre nosotros.
En las últimas décadas hemos visto cómo algunas palabras se han vuelto extraordinariamente populares.
“coaching”, “neurociencia”, “liderazgo”, “propósito”, “energía”… y, más recientemente, “sistémico”.
Palabras que nacieron en contextos teóricos o prácticos bastante específicos empiezan a circular cada vez más fuera de esos campos. Y con el tiempo ocurre algo curioso: se usan mucho y se explican poco.
Algo parecido sucede con una operación mucho más cotidiana del lenguaje. Una operación tan habitual que rara vez la notamos.
La operación de sustantivar.
“Sustantivar” es convertir un proceso en una entidad estable de significado.
Es una forma lingüística muy útil para simplificar la complejidad del mundo.
En lugar de decir
“¿me pasas ese objeto que tiene cuatro palos y una tabla encima que sirve para sentarse?”,
decimos simplemente: “¿me pasas el banco?”.
En lugar de decir
“esta persona llega tarde al trabajo aproximadamente el 60% de las veces”,
decimos: “es impuntual”.
Hacemos esto con el lenguaje porque nos permite condensar una enorme cantidad de información en una sola palabra.
Sustantivizar simplifica.
Y simplificar muchas veces facilita la coordinación entre personas.
Hasta aquí, todo bien.
La utilidad de la forma lingüística desaparece cuando olvidamos que ese sustantivo nació para describir un proceso, un conjunto de acciones o elementos a los que hemos sintetizado en un término.
De esta forma, la palabra deja de ser una simplificación útil y empieza a funcionar como si describiera una realidad fija.
El proceso o conjunto de acciones desaparece de nuestra mirada.
Y en lugar de observar lo que está ocurriendo, empezamos a identificar al actor de esos comportamientos como un “alguien que ES así”.
A veces el lenguaje da un paso más.
No solo usamos el sustantivo, sino que además lo convertimos en identidad.
Eso ocurre cuando introducimos el verbo “ser”.
No decimos que alguien llegó tarde muchas veces.
Decimos “es impuntual”.
No describimos una situación en la que alguien sufrió un daño.
Decimos “es una víctima”.
En ese momento el sustantivo deja de ser una descripción abreviada de un proceso y pasa a convertirse en una definición de la persona.
El proceso queda oculto, y la mayor parte de las veces olvidado, detrás de la etiqueta.
Muchas tradiciones del pensamiento sistémico comparten una idea central:
lo relevante no son las cosas aisladas, sino las relaciones, las interacciones y las dinámicas que se construyen entre ellas.
Cuando el lenguaje fija identidades, esas dinámicas se vuelven más difíciles de ver.
La palabra parece explicar lo que ocurre, y en realidad lo que hace es cerrar la observación.
La conversación deja de explorar procesos y empieza a girar alrededor de etiquetas.
En ocasiones se intenta resolver la situación sustituyendo una palabra por otra.
Cambiar el sustantivo rara vez cambia lo que ocurre.
Si lo que queremos comprender o transformar es una dinámica, el trabajo no está en la etiqueta.
El trabajo está en volver a observar el proceso.
¿Qué está ocurriendo entre las personas?
¿Qué formas se repiten?
¿Qué se busca con estas formas?
¿Cómo se está construyendo esa situación?
Cuando la mirada vuelve al proceso, la etiqueta pierde protagonismo y el campo se abre nuevamente a la exploración y al movimiento.
El lenguaje simplifica la complejidad del mundo para que podamos coordinarnos.
Eso es útil. Probablemente también inevitable.
Y cuando olvidamos que las palabras son simplificaciones, corremos el riesgo de confundir las etiquetas con los procesos que intentan describir.
En una mirada sistémica, las personas no somos sustantivos.
Las personas participamos y construimos procesos relacionales vivos, que se transforman continuamente en la interacción con otros.
Y cuando volvemos a mirar esos procesos, muchas cosas que parecían fijas se suavizan y se abren nuevas posibilidades.
Puedes escribirnos por WhatsApp o por tu red social preferida, y abrir un espacio para explorar qué podría tomar forma si construimos juntos.
En Visión Sistémica exploramos cómo se construye en colectivo desde la autonomía, y cómo la autonomía se fortalece en relación.
Te invitamos a seguir leyendo, conversando y construyendo juntos.

Durante las últimas semanas hemos explorado el amor desde una mirada poco habitual.
No como emoción.
No como ideal.
Sino como acto con propósito.
Hoy cerramos la serie con su tercera dimensión: el amor entre nosotros.

Amar con el otro es contribuir a su autonomía:
que se recuerde apto y capaz para la vida.

La invitación de esta semana es simple:
Sé amable contigo.
No como consuelo.
Como acto de amor.

Cuando etiquetamos no hablamos del otro, hablamos de nosotros.

When power is born from abandonment it is built when one position themselves above and other accepts staying below.

Entre nosotros estamos haciendo una de dos cosas:
o nos recordamos nuestra suficiencia,
o nos empujamos al más total y completo desamparo.